(
) a los que saben algo de filosofía recomendaría
el estudio de las pruebas de Duns
Scoto sobre la existencia actual de un Ser Infinito,
que se dan en la Segunda Distinción del Primer Libro
de la Opus Oxoniense
en latín, que es
lo suficientemente difícil para dar a uno muchos
dolores de cabeza. Se admite generalmente que, en precisión,
agudeza y alcance, esta es la prueba más perfecta,
completa y concienzuda de la existencia de Dios que haya
sido jamás elaborada por hombre alguno. (p. 145).
Después del latín, me parece que no hay lengua
tan apropiada para la oración y para hablar de Dios
como el español, pues es una lengua a la vez fuerte
y ágil, tiene su precisión, tiene en sí
la cualidad del acero, que le da la exactitud que necesita
el verdadero misticismo y, empero, es suave, también,
gentil y flexible, lo que requiere la devoción, es
cortés, suplicante y galante; se presta, de modo
sorprendente, muy poco a la sentimentalidad. Tiene algo
de la intelectualidad del francés, pero no la frialdad
que la intelectualidad toma en el francés; nunca
desborda en las melodías femeninas del italiano.
El español no es nunca un idioma débil, nunca
flojo, aun en los labios de una mujer. (p. 421).
Dios a menudo nos habla directamente en la Escritura. Es
decir, reviste las palabras llenándolas de gracias
reales así que las leemos, y significados no descubiertos
son súbitamente sembrados en nuestros corazones,
si atendemos, leyendo con mentes que estén en oración.
(p. 442).
Hay una cierta clase de humildad en el infierno que es
una de las cosas peores del infierno, y que está
infinitamente lejos de la humildad de los santos, que es
la paz. La falsa humildad del infierno es una vergüenza
abrasadora inacabable ante el estigma inevitable de nuestros
pecados. Los pecados de los condenados los sienten éstos
como una vestidura de intolerables insultos que no pueden
eludir, camisas de Neso que les abrasan para siempre y de
que no pueden desprenderse. La angustia de este conocimiento
de sí es inevitable aun en la tierra, en tanto queda
algún amor propio de nosotros: porque es el orgullo
que experimenta el fuego de esa vergüenza. Únicamente
cuado todo orgullo, todo amor propio se ha consumido en
nuestras almas por el amor de Dios, quedamos liberados de
lo que es el combustible de esos tormentos. Es sólo
después de haber perdido todo amor de nosotros mismos
en nuestro interés cuando los pecados pasados cesan
de ser para nosotros causa de sufrimiento o de la angustia
de la vergüenza. (p. 444).
Cuando el Espíritu Santo encuentra un alma en que
puede obrar, emplea esa alma para cualquier número
de propósitos; despliega ante sus ojos un centenar
de direcciones nuevas, multiplicando sus obras y sus oportunidades
para el apostolado hasta límites casi increíbles
y ciertamente mucho más allá de la fuerza
ordinaria de un ser humano." (p. 537).
(Extraído de Thomas Merton, La montaña
de los siete círculos. De la tentación a la
espiritualidad en una gran autobiografía, México:
Promesa, 1992.)
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